martes, 12 de junio de 2012

Un cielo gris


Las nubes se tornaban grises.
El viento se había calmado, y todo quedó en silencio.
Unas pocas personas caminaban por la calle.
No se daban cuenta de que eran observados.

Pequeñas gotas empezaron a caer.
Tan minúsculas.
Tan frías.
Tan únicas.

Él sabía que esa gente no pensaba.
No pensaba en que el agua que ahora rozaba su piel había bañado desde el principio de los tiempos a millones de personas, a millones de animales, a millones de objetos de los que jamás sabrán su existencia.
Caminaban pensando en sus problemas.
No se paraban a ver que sucedía a su alrededor.

El silencio se rompió con el primer trueno.
Ahora llovía reciamente.

La gente ya no caminaba tranquila, ese trueno les había devuelto al mundo.
Se abrochaban los abrigos; algunos, previsores, sacaban los paraguas.

Y el primer rayo iluminó el cielo.
Ya no quedaba nadie en la calle, nadie excepto una niña.
Lloraba desconsoladamente, el agua había calado sus pequeñas ropas.
Parecía que se había perdido.
Una mujer gruesa daba zancadas hacía la niña.
Era su madre, enfadada la regañaba.
La niña seguía llorando.
Y con el segundo rayo las dos desaparecieron.

Ahora si quedaba la calle vacía.
Empapada por agua tan antigua como el mundo.
Iluminada por rayos.
Sonorizada con truenos.
Y observada desde una ventana.
Observada por alguien del que jamás sabrán su nombre.

No hay comentarios:

Publicar un comentario