El Sol quemaba su frente.
Era una tarde calurosa de verano, miles de golondrinas
sobrevolaban los cielos.
Caminaba despacio, un poco encorvado; la edad no perdona.
Pasó cerca de un parque, y allí, al lado del lago se sentó
en un banco.
En su mano llevaba una bolsa, migas de pan esperaban ser
esparcidas por el suelo.
Cerca de donde estaba unos jóvenes se besaban, y empezó a
recordar.
Su mujer, su preciosa mujer, hacía años que lo había
abandonado.
El cáncer se la había arrebatado.
Recordó esos tiempos en los que era un chaval, que podía
correr libremente, esos tiempos en los que el mundo le daba la oportunidad de
ser feliz.
No tenía hijos, no tenía familia, no tenía nada; solo sus recuerdos.
Ahora solo podía mirar el horizonte y esperar a que su hora
llegara.
Y cansado de vivir, empezó a echar migas a los pájaros.
La bolsa rápidamente se vació.
En ese banco, miró sus manos.
Unas manos arrugadas.
Unas manos que habían pasado por muchos momentos felices, por muchos
sacrificios.
Unas manos que habían trabajado de Sol a Sol para poder mantener a
su familia.
Inspiró fuertemente, echo la cabeza hacía delante; y allí se
quedo, mirando al suelo con unos ojos que ya no veían nada.
Unos ojos que habían muerto.