Y en su rincón oscuro, sentado vigila.
El tiempo anda a grandes zancadas por la habitación, mirando
al suelo;
no puede levantar la cabeza, no puede parar su ir y venir.
El hombre del rincón es incapaz de ignorar los golpes que
las horas arremeten contra él.
Se siente cansado, el dolor no le deja pensar.
Sin llamar a la puerta los días pasan, se sientan a su
alrededor; y con dedo acusante le señalan sin parar de reír.
La soledad ha entrado por la ventana.
Pesada como una losa, se le echa encima.
El hombre no puede estar más tiempo sentado, necesita
tumbarse.
Se ahoga.
Ahora todos están de pie, mirándole fijamente, sin decir
nada.
El hombre tiene los ojos entreabiertos, quiere cerrarlos,
pero no puede.
Necesita ver lo que está pasando, necesita saber que va a
pasar.
Poco a poco todos los que habían llegando caminan hacia atrás,
despacio, fundiéndose con las paredes.
La oscuridad del rincón se apodera de la habitación.
Ya solo queda el hombre.
Ya ha cerrado los ojos.
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